¿Por qué se escandalizan?

Los sucesos del sábado pasado en la feria del libro de Bogotá han suscitado escandalizadas reacciones en diferentes medios (desde las élites intelectuales aterradas hasta los medios masivos complacientes). El hecho concreto lo desencadenó una sesión de autógrafos programada por un joven youtuber chileno. El exitoso evento logró infartar la entrada a la feria, pues hacia mediodía se había vendido la totalidad de la boletería para esa jornada, lo que generó un caos insospechado en la entrada de Corferias y la necesidad de recurrir incluso a la policía para controlar a muchos frustrados jóvenes lectores quienes, junto con sus quizás también frustrados padres, no pudieron acceder ese día a la feria.

Según parece, hay muchas situaciones que, en este caso particular, pueden escandalizar a los asiduos de la feria. Primero, los errores logísticos de los organizadores de Corferias. En medio del recorrido por los pabellones, se oía por los parlantes el anuncio sobre la falta de boletas y uno no podía sino preguntarse si se trataba de una broma tropical. No podía ser cierto. Se trataba seguro de un error.

Por otra parte, uno podría estar escandalizado por lo tragicómico de la situación: un youtuber que apenas puede formular una frase sin errores de sintaxis “escribe” un libro del que fácilmente se puede suponer el grado de mediocridad y sin embargo logra que varios miles de jóvenes compren el libraco y hagan filas bajo la lluvia, mientras que a muy pocos visitantes les es familiar el nombre del invitado estrella de la feria, el afamado escritor holandés Cees Nooteboom, quien además daba una charla ese día en uno de los auditorios principales.

Una última cosa podría escandalizar: la coincidencia de los dos eventos, que insinúa una equivalencia entre Nooteboom y el youtuber. Allí, me parece, se encuentra lo verdaderamente escandaloso del asunto. Los problemas logísticos, de hecho, probablemente no se habrían presentado de haber situado en el espacio adecuado al youtuber: llévenlo a un centro comercial.

Lo segundo tampoco es realmente escandaloso. Siempre ha existido una frontera entre la cultura de masas y la cultura clásica. Desde luego, la primera siempre se ha tratado de un fenómeno mediático, mientras que la segunda es necesariamente impulsada por personas excepcionales y nunca ha llamado la atención a las muchedumbres. Eso no es nuevo. Nadie debe escandalizarse por la exclusividad del latín, o por la difusión del analfabetismo funcional en nuestra sociedad.

La coincidencia, por el contrario, sí escandaliza, pues es una evidencia de la tesis de Ortega: la cultura popular no es nueva, lo problemático es el lugar que quiere revindicar para sí en nuestros tiempos. No se contenta con ser una cultura empobrecida, sino que desea ser imitada, replicada y exaltada.

Los sucesos del sábado nos ilustran sobre la transformación del libro como vehículo de la cultura clásica. No existe más la oposición entre el libro y la televisión o el internet. El mundo editorial también se ha masificado y con ello el libro ha dejado de ser el lugar tradicional del cultivo del alma.

Lo que los sucesos del sábado nos recuerdan es que la afirmación “yo soy un lector entusiasta” puede ser una afirmación dudosa y poco fiable, pues no siempre indica que la persona detrás de la afirmación sea un humanista. Siempre hay que preguntar: “¿y usted qué lee?”.

 

 

 

 

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